Las calles de la ciudad estaban más muertas que vivas, las luces ya no eran luces, eran simplemente faros sin vida y las pocas que quedaban tiritaban ya para pronto apagarse. Los carros pasaban desapercibidos y las pocas personas que cruzaban por la acera, estaban enfocados en su mundo, porque al rededor de ellos no había más que observar. El hospital se encontraba tan vació que al cruzar la puerta y ver aquellos pasillos solos una gran oleada de tristeza tocaba a quien la cruzara, sólo tres personas allí se encontraban, entre ellos un joven pelirrojo que se encontraba sentado en la sala de espera con su rostro hundido entre sus manos y sus pies apartados el uno del otro, una mujer veterana sin expresión alguna, ni siquiera en sus ojos y un doctor que bebía lentamente café caliente, mientras observaba los expedientes de algunos de sus pacientes.
El pelirrojo unos minutos después de la media noche, no entendía el porque su visita al hospital, no sentía dolor y tampoco tenía quien lo sintiera, estaba sólo en el mundo y su rostro se encogió un poco al fruncir el ceño, sus mejillas se ruborizaron y comenzó a sudar excesivamente; de nuevo nadie lo notó, espero unos cuantos minutos para reponerse, y se levantó, pregunto al medico por su asistencia, pero este tampoco lo noto, a la mujer anciana que se encontraba detrás suyo, de nuevo lo ignoro, recorrió cada cuarto del hospital esperando una simple respuesta; aquella estaba en la sala numero 156, su cuerpo yacía en la camilla, sin vida , con una sábana que le cubría de pies a cabeza; este corrió por todo el centro del hospital, buscando una simple ayuda, lastimosamente nadie le oía, era una de las tantas almas perdidas.
