Las ansias de volver a sentir sangre
humana deslizándose por sus manos cada vez aumentaban más con el
programa que veía en la tv, asesinos en serie, casos no resueltos; muerte tras
muerte, le hacía desear aquello como si fuera su propia vida la que quisiera de
vuelta. La noche hasta ahora tomaba un rumbo fijo y largo, un cielo casi a
oscuras le dieron el detonante para salir a la calle en busca de la persona
que complacería su deseo en aquella noche; sus pasos eran
fuertes y desesperados, por debajo de aquella chaqueta que tenía puesta,
su cuerpo sudaba casi hasta bañarlo por completo, los nervios
lo invadían, no por temor, sino por el ansia que
lo consumían al pensar en el fuerte rojo de la sangre de su nueva víctima.
La única luz que habitaba las calles era
la de la luna y la de alguno que otro faro, que a media de
que crecía la noche se apagaba lentamente hasta quedar oscura, al
igual que la noche; el viento soplaba fuerte y con ello le arrancaba las gotas
de sudor de su cara, le secaba sus ojos y le permitían tomar
fuertes bocanadas de aire, frías que pasaban por
su garganta clavándose en su pecho como la daga que hiere y
mata.
Una mujer, un poco joven, de ojos verdes, tez
blanca y pómulos salidos, cruzaba frente a los arbustos grandes y
esponjados que habían en el parque principal,
caminaba despampanante, con gabardina hasta las rodillas, medias veladas
negras, tacos altos y unas finas perlas blancas que le colgaban del cuello, un
paso tras otro, sin retroceder y sin mirar hacia atrás, el
viento movía su cabello hasta golpearle la cara, y su expresión de
temor le hizo ver a aquel sujeto que sería quien saciaría su sed
de sangre.
Manos firmes, mirada fija, un puñal y muchos deseos
de tenerla entre sus brazos para apretarla fuerte con el hecho de que su sangre
fluyera tanto que las paredes blancas de aquel baño quedaran con el más
perfecto tinte rojo de su sangre, uno, dos, tres, cuatro .... Diez, pasos
fueron los últimos que dio la mujer antes de caer en las
pervertidas manos de su asesino.
la necesidad de usar el puñal no se efectuó, sus
manos fueron su única herramienta para hacer perder el brillo de los
ojos verdes de aquella mujer, su cuello blanco y débil quedo marcado
por cinco dedos gruesos que le dejaron sin respiración hasta morir;
el cuerpo fue arrastrado hasta aquella casa, rasgando y rompiendo los tacos y
las medias, hasta casi quedar sin ellos, dos cuadras exactamente, su cuerpo se
deslizo entre basura, estiércol y las peores porquerías que había en
el suelo de esas dos calles.
Paredes rayadas, con grietas en ellas, cortinas
rotas y sucias, muebles desorganizados, unos tirados en los rincones de la sala
de estar, otros simplemente desbaratados regados por todas partes, comida
amontonada por cada espacio de la casa, recuadros rotos, vidrios desechos y lo
peor de todo; a oscuras, con un simple televisor, con señal a medias, esa era
la única luz que brotaba en aquel frio y espantoso espacio,
Allí fue a donde la traslado a lo peor de la ciudad, la casa abandonada
y detestada de la ciudad de nueva york.
El baño, el único sitio decente de la
vivienda, paredes blancas, sin grietas, lavabo casi nuevo, ducha con tina,
igualmente blancas, cortinas casi amarillas de lo viejas que estaban y lo más
importante de todo, su mesa con instrumentos, todos de metal, ya
lo podrán imaginar. Desnudo el cuerpo de la mujer, primero quitando
su abrigo, luego sus tacos, siguiendo por sus medias, de las cuales casi no
quedaba nada, luego cuidadosamente le quito el collar de perlas y lo dejo en su
más importante mesa y finalmente con unas tijeras rompió aquel
precioso vestido hasta dejarlo abierto, un brazo, luego otro, para poder
quitarlo por completo, su ropa interior la conservo el cuerpo, de allí no
fue retirada.
El bisturí de metal, brillante y limpio le cruzo
primero el cuello, luego el pecho hasta llegar al final de su ombligo, y
finalmente a cada una de sus piernas, dejando así escapar
lo único caliente que aún conservaba en su cuerpo, la sangre; roja y
brillante como ninguna otra, pero especial y esencial como cualquier otra, se
deslizaba por la tina gota a gota hasta dejarla casi a la mitad de llena. Su
asesino, se desvestía lentamente con los ojos cerrados y la
mente abierta, organizada dejaba su ropa en una esquina de
la habitación blanca.
Primero un pie, luego el otro, las comisuras de su
boca se elevaron cuando sus dedos tocaron aquel liquido espeso y áspero,
levanto a la mujer de espaldas y se acostó en la tina,
dejando únicamente su cabeza al descubierto, aquel cuerpo frio
y sin vida descansaba en su pecho, también cubierto de sangre,
cerro sus ojos y con gran devoción sonrió con la maldad asechándolo por dentro.