martes, 6 de octubre de 2015

Galaxias Enteras.





Sábanas frías danzaban de un lado a otro, mientras el calor de los cuerpos las ponían en sintonía; luego ya no hicieron falta,  ya no se querían, ya no se anhelaban.
Uno a uno contó sus lunares, empezó desde su oreja y terminó en su espalda; casi 100 tenía, una línea perfecta que marcaba con sus dedos y unas cuantas más que sólo besaba. 

Un trago, dos tragos, tres tragos... bajó sin contarlos, sólo faltó un suspiro y dos dedos que recorrían el otro cuerpo como anhelando un camino de estrellas entre ellos; se detuvieron en sus labios, cuatro, cinco, seis besos dio, los últimos antes de llegar al orgasmo; entonces botó al aire su último aliento y se entregó por completo a aquel ser que la tocaba.

Una mañana, tal vez dos, o un par de ellas fueron las veces que lo necesitó; otras veces a la media noche y unas cuantas en las que el tiempo no le bastó para navegar por entre pieles y sentidos perdidos, envueltos en éxtasis para viajar a lo desconocido; galaxias enteras de gemidos, dejar el amor en eso donde quema y ver que sus lunares se iban convirtiendo en estrellas. 

Y en aquel viaje se quedó, cohete tras cohete en su interior sintió, un besito arriba, un besito abajo fueron los que contó, las centellas y la luna por su mente se cruzo, un gemido duro y allí acabó, abriendo sus ojos una lágrima se deslizó y ahí estaba ella envuelta en el dolor de aquel viejo desamor, volviendo a ser aquella... la que nunca quiso de vuelta. 





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