Su medio de transporte no superaba las expectativas de los demás, una bicicleta rota le acompañaba en el recorrido de los caminos más arduos puestos a superar, las gotas de sudor se deslizaban por cada poro de su piel, y obstruía su vista, que ya cansada no expresaba más que tristeza, y estaba tan perdida como él. No había manera de descansar, el camino no iba ni en la mitad, su maleta pesaba más de lo normal, pero era más pesada la carga que sentía en sus hombros, que aunque era invisible hacia los demás, en su cabeza era imposible descargar. Nada era imposible, no para él, ni la bicicleta rota, ni el sudor, ni el cansancio, sólo el fútbol era el protagonista de una fina pasión que sólo a él le pertenecía.
Su corazón latía más rápido de lo normal y su pecho subía y bajaba irrevocablemente, pero eso tampoco importaba, las gotas de sudor se marchaban con el viento, ese viento que le ayudaba a descansar sin quererlo, y le rosaba las mejillas que brillaban de un rojo fino, ese que en auto nadie poseía y mientras su vista estaba fija en la avenida, las de los demás lo fijaban a él; todos murmuraban y susurraban lo que por su mente pasaba, pero el no tenía voz para susurrar sus pensamientos, todos se sentían importantes y que valían la pena, pero nadie lo era. Él llego a la 240, a las 4:30 pm, 3 horas después de salir de su casa, esa casa que tampoco le pertenecía pero le daba el resguardo que tanto necesitaba, el camino era largo, sus piernas no daban para más, su respiración le impedía continuar y tan sólo quedaban unos cuantos metros, la gente lo miraba con pesar y él se miraba de la misma forma, pero seguía pedaleando, sin sentarse, por que no tenía sillín la bicicleta y aún así nada importaba. Cuando llegó se cambio, esos zapatos rotos que respiraban por sí solos fueron reemplazados por unos guayos regalados, que también se desgastaban con el tiempo, su uniforme rojo combinaba con sus mejillas, pero tampoco eso importo, sólo importo tocar el balón que le daba esa vida que le faltaba y su boca esbozo la más humilde y sencilla sonrisa brindaba a Dios, se sintió inmortal en ese momento y todos entendían eso, todos lo miraban y le aplaudían, aplaudían su pasión, pero él a nadie miraba, sonreía de manera minuciosa pero feliz, pero todos sonreían con los ojos aguados mientras aplaudian y yo, yo sólo aplaudo y de verdad lloro, por tenerlo todo y no ser tan feliz como él.
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