Ésta oscura y fría noche, es de aquellas en las que
los pensamientos ahogan como el mar con la corriente más fuerte, perdiendo así
la vida en tan solo unos segundos o minutos si el aire dentro de mis pulmones
resiste un poco más, pero al final, el resultado será el mismo; al igual que lo
ha venido siendo en los últimos dos meses, una lagrima tras otra, ese es el
resultado de mis largas noches y mis pensamientos ahogados.
Son las 12 de la media noche, la cama
aún sigue fría y la luna me mira con el rabillo de su punta derecha, penetrando
su resplandor por los cristales de la habitación que solo habito yo, las
paredes están llenas de fotografías rotas, rayones sin rumbo fijo y algunas
prendas arrojadas al suelo como si de deshacerme de ellas se tratara; el suelo
de madera tiene algunas migajas de comida y mi cuerpo frio y casi sin vida
descansa sobre él, los poros de mi piel se levantan sin alabanza y mis piernas,
una encima de la otra, se exhiben para ellas mismas, dejándose tocar por aquel
hermoso resplandor.
Observo los calcetines que calientan
mis pies, no son iguales, pero ¿Por qué tienen que serlo? Me pregunto mientras
los subo hasta la mitad de mis pantorrillas, y bajo el sweater que ya va por la
mitad de mi cintura; el espejo ovalado está bajo la cama y al agarrarlo, siento
que pesa más que la última vez que lo tome en mis manos, observo mi cara; piel
blanca, ojos cafés llenos de ojeras, y algunas lágrimas deslizándose de allí,
labios pálidos, resecos y malgastados, mejillas hundidas y cejas agachadas, un
poco de flequillo sobre la frente y el resto de mi cabello tirado en
aquel frio suelo.
Ya ni siquiera logro entender que ha
pasado, de nadie es la culpa lo sé, pero necesito no sentirme culpable y ahora,
culpo al exterior, por eso, como todos los de afuera, me enamoré, me enamoré como lo hace cualquier idiota, así me enamore.

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